Hernán era un cabrón que nos hacía la vida imposible a todos los del colegio. Era un niño malcriado y consentido que apenas caía bien a nadie. Pero ahí andaba. Le recuerdo por las muchas peleas que tuve con él, por la paliza que le dió a mi amigo Adri (que era un buenazo) y por el día que le rompió el tebeo de Mortadelo a David sin venir a cuento, entre otras fechorías. Pero sobre todo le recuerdo porque un día, involuntariamente, me hizo un favor.
Teniendo yo unos, no sé, siete u ocho años, estaba jugando al fútbol con los demás niños del cole, Hernán entre ellos. En una de éstas, Israel, que era dos años menor que yo, en un lance del juego, me hizo un caño (para los no entendidos, regatear a alguien pasándole el balón entre las piernas), algo que a nadie le gusta. Hernán, siempre tan sagaz, lo vió y, sin dudarlo ni un momento, señalándome con el dedo y rebuznando como Pinocho cuando se convertía en burro, gritó "¡Aaaaaah! ¡Te ha hecho un cañoooo!". Hasta ahí, bueno, cosas de niños. Pero la cosa siguió. No sé hasta que punto Hernán era consciente de lo que hizo, pero el caso es que lo hizo, y sin cortarse ni un pelo vino hacia mí y me dijo "se lo voy a contar a todos que uno de primero te ha hecho un caño y se van a reír de tí", y yo, quizás pecando de inocente o de tonto del bote, caí en la trampa. "No se lo digas a nadie, por favor", fue mi respuesta. "Vale, si mañana me traes el álbum de cromos de Bola de Dragón no se lo digo a nadie", me espetó a la cara. Y yo en ese momento palidecí y me quedé inmóvil. ¡Con el aprecio que le tenía yo a mi álbum! pero, por otro lado, claro, yo no quería que se rieran de mí en el cole. Apesadumbrado estaba.
Llegué a casa y le conté la historia a mi madre, que es a la vez foco de sabiduría y persona con los pies en el suelo:
- Mira mamá, esto es lo que me pasa - etcétera etcétera.
- Hijo, Hernán te está haciendo chantaje.
- ¿El qué?
- Chantaje Álvaro, ¿no sabes lo que es?
- No...
- Te está amenazando con hacer algo en tu contra si tu no le das lo que te pide.
- Ah... ¿Y qué hago?
- Mira hijo, haz lo que quieras, pero si le das el álbum hoy, mañana te pedirá otra cosa. Y yo no te pienso comprar otro. Si él quiere un álbum pues que se lo pida a sus padres.
- Sí, ya, claro, pero se reirán de mí.
- Bobadas hijo, bobadas. Ya eres mayorcito. Haz lo que quieras, pero yo no se lo daría.
Y aunque estaba muerto de miedo, la verdad, entre hacerle caso al hijodeputa de Hernán o a mi madre, pues se lo hice a mi madre. Al día siguiente, nada más llegar:
- ¿Qué, me has traído el álbum?
- No.
- Pues le pienso decir a todos que Isra te hizo un caño.
Y no sé qué más pasó en ese momento. Tampoco sé si Hernán se lo llegó a decir a alguien, pero el hecho es que nadie se rió de mí. Es más, si de verdad se lo hubiera dicho a alguno, me puedo imaginar (ahora, con la edad, claro) la cara de yamiquemeimporta de los demás niños.
Gracias a Hernán y a mi madre, aprendí lo que es un chantaje. Es cuando haces sentir culpable a alguien cuando no lo es, usando para ello cualquier motivo. Es más, chantaje es cuando cubres tus vergüenzas sacando a relucir los defectos de los demás, defectos que todos saben que tiene, pero que pasan desapercibidos (porque no dañan nadie o porque están claramente asumidos) salvo que te los señalen con el dedo. En el fondo es una forma de cubrir carencias.
Bueno, en realidad, debo decir que aprendí la lección a medias, porque en aquella ocasión Hernán cometió un error de principiante (debido su juventud) que todo buen chantajista sabe que ha de evitar: para que funcione es vital no dar la oportunidad al chantajeado de defenderse. Él me la dió y por eso se quedó sin álbum.
Sin embargo, a día de hoy, hay mucho chantajista suelto, y no nos damos cuenta. Chantajista, por ejemplo, es el presidente de Greenpeace España (curioso que sea precisamente de España) quien tras colarse en la cumbre de Copenhague como forma de protesta, y por ello detenido y encarcelado, pretende situarse por encima del bien y del mal con la excusa de que es ecologista, y, por ello, bueno. Permítanme que me explique. No seré yo quien critique que un ecologista se cuele en donde quiera y proteste de forma pacífica ante los jefes del mundo en favor del clima. No señor, todo lo contrario, hasta aquí, me quito el sombrero. Lo que critico es que luego este señor pretenda que la Justicia (que seguro que es una palabra que le gusta mucho) le juzgue a él de forma especial, cuando es obvio que si yo mismo, por ejemplo, me hubiera colado en la misma cumbre y, de forma parecida y también pacífica, hubiera protestado por, qué sé yo, la falta de tomate frito en Reino Unido, me hubieran metido en la cárcel igual que a él y por el mismo tiempo. Aunque en este caso, seguramente, la opinión pública (movida por los medios) me hubiera tachado de payaso. Y no digamos ya que si en vez de haber sido éste gran hombre o yo, hubiera sido un loco con una metralleta. Simplemente las fuerzas del orden danesas cumplieron con su deber. Correcto. ¿Acaso alguien esperaba una reacción distinta?

El chantaje en este caso es que el presidente de Greenpeace España, temeroso de cumplir con su responsabilidad tras jugársela en la Cumbre por el Clima y pringar en la cárcel como le tocaba, se inventó la imagen de opresores y malvados de los encargados de la seguridad y el sistema judicial, quienes, a su vez, al no contar con la maquinaria mediática de Greenpeace, no se pudieron defender, comiéndose el marrón. Y eso es una cabronada, para el que lo quiera ver. Así no se hacen las cosas.

Compañero, si me estás leyendo: antes de colarte en ningún sitio y querer ser un mártir, piensa en las consecuencias. Lo habías hecho muy bien, ¿por qué la tuviste que fastidiar? Si te toca la cárcel, pues la cárcel, y no pidas a la Justicia que te libere, porque eso, colega, va en contra de la Ley, y si hoy me pides eso y accedo, mañana me pedirás otra cosa. Chantajista.
¿Qué habrá sido de Hernán? Miedo me da...





